En
este artículo de David Nevo se plantea la puesta en práctica de la evaluación en
los centros docentes siguiendo un sistema que combine la evaluación interna (en
la que participan personas relacionadas de alguna forma con el centro) con la
evaluación externa (realizada por personas ajenas al centro). Nevo cree que se
ha hecho demasiado hincapié en señalar las diferencias entre evaluación externa
y evaluación interna, siendo en realidad la manera más completa de evaluar una
que integre los dos sistemas.
Ambas
formas de evaluar tienen sus pros y sus contras. Por ejemplo, los evaluadores
internos pueden tener a su favor un mejor conocimiento del entorno y del
funcionamiento del centro, pero esa misma conexión podría restarles
credibilidad. Por ello, Nervo opina que la evaluación interna puede ser útil
para determinar qué elementos deben mejorarse (evaluación formativa), mientras
que la evaluación externa sería más adecuada para delimitar responsabilidades
(evaluación sumativa).
El
autor hace referencia a un proyecto de evaluación docente puesto en marcha en
Israel en el que se tenía en cuenta tanto la evaluación externa como la
interna. Se componía de cuatro fases principales: la primera fase consistía en
impartir seminarios de formación a profesores y directores, durante la segunda
fase se creaban equipos de evaluación constituidos por tres o cuatro
profesores, en la tercera fase ese equipo se incorporaba de manera permanente a
la estructura del centro y en la cuarta se consideraba que el centro ya estaba
preparado para ser sometido a una evaluación externa.
A
la hora de iniciar un sistema de evaluación docente como el que propone Nervo
se debe atender a ciertos factores, como evaluar únicamente a los alumnos y sus
resultados, sino a todo lo que concierne al centro. La evaluación, además, debería
ser tanto formativa como sumativa: constructiva para el mejorar funcionamiento
del centro, pero también útil para demostrar su calidad. No es necesario
realizar una valoración de conjunto, ni evaluar siguiendo un único criterio, ya
que son mucho más útiles los juicios de valor específicos. También es importante
dotar a los evaluadores de instrumentos sencillos de manejar y que aporten una
interpretación de los resultados relevante.
El
hecho de que los propios profesores formen parte de los evaluadores puede ser
muy beneficioso gracias a su formación pedagógica, a los conocimientos que
poseen del centro y a que no van a ser interpretados como una amenaza dentro de
él. A pesar de ello, carecen de experiencia como evaluadores, algo que puede
solucionarse dotándoles de la formación pertinente, sin olvidar que la mejor
fórmula para aprender a comprender y a desarrollar la evaluación es poniéndola
en práctica (“aprender aprendiendo”).
Nervo
finaliza su artículo con una reflexión acerca de la necesidad de cambiar
nuestra forma de pensar sobre la evaluación docente. En su opinión, sería
preferible concebirla como una herramienta que acerque y fomente el diálogo
entre los miembros de la comunidad educativa y el resto de la sociedad, en lugar de interpretarla como una amenaza.
Personalmente,
me parece acertada la manera de evaluar que propone Nervo, puesto que la
combinación de la evaluación interna con la externa puede suponer una
evaluación mucho más completa que si se realiza únicamente una de ellas. Creo
que ambas deberían funcionar de manera interdependiente, dado que de esa manera
se pueden obtener unas observaciones más amplias, además de sumar las ventajas
que posee cada forma de evaluar para tratar de mitigar las desventajas
asociadas a cada una de ellas en su aplicación individual.
Nuria
Zapardiel Castellanos.
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